
Editorial
Queridos Hermanos:
Son tiempos de cambio y paso de estafeta en nuestra Gran Logia “Cosmos”. Las planillas o “fórmulas”, como también se les llama, se encuentran en plena actividad de promoción, es decir, en campaña, haciendo su mejor esfuerzo por ganarse las simpatías de los hermanos votantes y resultar elegidos. Quien resulte ganador de este proceso recibirá en transmisión “El Gran Mallete”, tema que nuestro V∴H∴ Carlos Enrique Armendariz Gutiérrez aborda en su entrega para este número del boletín Sol Invictus, primero de este año. Nuestro V∴H∴ plantea el tema desde el punto de vista iniciático, perspectiva que en ocasiones, al fragor de la contienda por la Gran Maestría, olvidamos. En ocasiones pareciera que perdemos de vista que pertenecemos a una institución cuyo objetivo primario es el estudio de la filosofía moral y la práctica de la virtud mediante “un peculiar sistema velado en alegorías e ilustrado por símbolos”. Precisamente, la masonería como sistema ético es el tema que nos regala nuestro V∴H∴ Juan De Dios Viramontes Miranda este mes, tema que nos hace reflexionar sobre la importancia de la pregunta “¿Qué es la Masonería?” y más allá de la respuesta o múltiples respuestas litúrgicas que arrojan luz sobre la naturaleza de nuestra institución. Para cerrar este número, se incluyen tres personajes más de la obra de nuestro dilecto hermano Álvaro Marino Pérez Ontiveros, tocando en esta ocasión a tres damas españolas. Esperamos sea de vuestro interés y agrado.
Fraternalmente,
Nasreddin Juan Morcos Morales
Comisión Editorial
La Masonería como sistema ético: de Aristóteles a la neurociencia moral
Una lectura ampliada del pensamiento de William Preston
R⸫ L⸫ I⸫ Sol Invictus No. 100
Juan de Dios Viramontes Miranda
Or⸫ Ciudad Juárez, Chih.
jddviramontes@gmail.com
I. UNA PREGUNTA QUE MERECE RESPUESTA MÁS PROFUNDA
En las tenidas de los talleres masónicos de obediencia inglesa, existe un momento ritual preciso en que al candidato se le formula una pregunta: ¿qué es la Masonería? La respuesta esperada —memorizada, recitada, aceptada— es que la Masonería es «un peculiar sistema de moral, velado en alegorías e ilustrado por símbolos», en los rituales escoceses hay una respuesta similar. La mayoría de los masones que pronuncian estas palabras lo hacen con la convicción de que se trata de una fórmula antigua, casi inmemorial, surgida de la propia esencia de la Orden.
No es así. O al menos, no exactamente.
George Boys-Stones, profesor de filosofía clásica en la Universidad de Toronto y autor de las Prestonian Lectures de 2020 y 2021, ha realizado una investigación rigurosa y sorprendente que conviene conocer: esa definición tiene autor, tiene fecha y tiene una profundidad filosófica que casi dos siglos de repetición ritual han dejado invisible. Su autor es William Preston (1742-1818), erudito escocés radicado en Londres, y la filosofía que subyace a sus palabras es nada menos que la ética de Aristóteles.

de la edición 1812 de Illustrations of Masonry
“William Preston llegó a Londres en 1760 con dieciocho años y una formación clásica sólida. Tres años después ingresó en la Masonería y no tardó en hacerse una pregunta que sus contemporáneos habían respondido de formas insatisfactorias: ¿qué tipo de sistema es la Masonería y qué sentido tiene que tenga tres grados?”
El presente artículo no pretende resumir el trabajo de Boys-Stones, sino comentarlo, ampliarlo y conectarlo con debates que la filosofía y la ciencia moral sostienen hoy con una vitalidad que Preston difícilmente habría imaginado. La tesis central es tan simple como estimulante: el ritual masónico de obediencia inglesa no es un conjunto de símbolos pintorescos ni una liturgia vagamente moral. Es, en su estructura profunda, un programa aristotélico de formación ética del ser humano. Y los hallazgos de la neurociencia contemporánea confirman, desde un ángulo completamente distinto, que ese programa descansa sobre bases sólidas.
II. PRESTON Y LA ARQUITECTURA DE LA VIRTUD
William Preston llegó a Londres en 1760 con dieciocho años y una formación clásica sólida. Tres años después ingresó en la Masonería y no tardó en hacerse una pregunta que sus contemporáneos habían respondido de formas insatisfactorias: ¿qué tipo de sistema es la Masonería y qué sentido tiene que tenga tres grados?
Otros lo habían intentado antes. Wellins Calcott (1769) propuso que los tres grados eran un itinerario de formación en las artes liberales, comparable al bachillerato, la maestría y el doctorado. La idea era atractiva, pero fallaba en lo esencial: no explicaba por qué tres grados y no dos o cuatro, ni qué distinguía cualitativamente el contenido de uno y otro. William Hutchinson (1775) fue más audaz: los grados representaban tres etapas en la historia de la relación del hombre con Dios —la piedad natural, la religión mosaica y la revelación cristiana—. El sistema era coherente, pero excluía a todo masón que no fuera cristiano.
Preston propuso algo diferente y mucho más preciso. Para él, los tres grados no acumulan conocimiento ni narran historia religiosa: articulan las tres dimensiones irreductibles de la vida moral del ser humano. El primer grado educa el corazón —los hábitos, las emociones, los impulsos—. El segundo grado educa la razón —el entendimiento, las ciencias, la capacidad de decidir bien—. El tercero invita a la contemplación de lo eterno, esa dimensión de la existencia humana que trasciende la vida práctica.
En 1772 Preston reunió sus conferencias en las Illustrations of Masonry. Cuando en 1816 la recién formada Gran Logia Unida de Inglaterra adoptó formalmente el ritual que hoy conocemos, la definición de Preston quedó incorporada en él como la respuesta oficial a la pregunta más fundamental que puede hacerse un candidato.
Boys-Stones señala algo que merece atención: Preston nunca menciona a Aristóteles por su nombre. Era una estrategia deliberada. En el siglo XVIII, mencionar a un filósofo concreto habría sonado a innovación, y Preston necesitaba presentar su sistema como restauración de la tradición, no como novedad. Pero cualquier hombre de su formación conocía la ética aristotélica como el más elemental de los saberes.
III. LOS TRES GRADOS COMO ANATOMÍA ARISTOTÉLICA DEL AGENTE MORAL
La ética de Aristóteles comienza con una pregunta aparentemente simple: ¿qué es la felicidad y cómo se alcanza? Su respuesta gira en torno a una distinción que sus adversarios estoicos negaban y que la modernidad tardó siglos en recuperar: las emociones no son obstáculos para la virtud, sino parte constitutiva de ella.
Para los estoicos, la virtud era una cuestión de creencias correctas. «No son las cosas las que turban a los hombres, sino las opiniones que tienen sobre las cosas», escribió Epicteto. Aristóteles no lo veía así. Sabía que podemos tener miedo de cosas que sabemos que no son peligrosas, y que ese miedo —aunque irracional— influye en nuestras decisiones y en nuestra felicidad. Por eso postuló que la formación moral requiere dos empresas distintas y complementarias.
La primera es la formación de los hábitos y las emociones —lo que Aristóteles llamó virtud moral—. Esta no se enseña con argumentos: se graba en el carácter mediante la práctica repetida. La segunda es la formación del entendimiento —la virtud intelectual—, que permite deliberar bien y tomar decisiones sabias. Ninguna de las dos basta sola.

Copia Romana del original Griego por Lysippos
“ Boys-Stones señala algo que merece atención: Preston nunca menciona a Aristóteles por su nombre. […] Pero cualquier hombre de su formación conocía la ética aristotélica como el más elemental de los saberes.”
Finalmente, en el décimo y último libro de la Ética a Nicómaco, Aristóteles añade una tercera dimensión: la contemplación. El intelecto humano no solo delibera sobre acciones; también puede elevarse por encima de las urgencias cotidianas y meditar sobre las causas eternas de las cosas. Esta actividad —la más alta, la más autónoma— exige haberse librado ya de los lastres de las pasiones desordenadas y haber desarrollado el juicio intelectual.
La correspondencia con el sistema de Preston es exacta y no puede ser accidental. El primer grado trabaja el corazón y los hábitos. El segundo grado abre las puertas del entendimiento. El tercero invita a la contemplación de lo eterno. Los tres, juntos, componen un programa completo de formación del agente moral: no son tres niveles acumulativos —más de lo mismo—, sino tres dimensiones irreductibles de la existencia humana que deben cultivarse en ese orden preciso.
IV. LO QUE LA NEUROCIENCIA CONFIRMA
Cuando Aristóteles insistió en que las emociones son parte constitutiva de la virtud, formuló una tesis que la filosofía moral moderna tardó siglos en tomarse en serio. Ha sido necesario esperar a la segunda mitad del siglo XX para que la neurociencia y la psicología le dieran la razón de forma empírica.
Antonio Damásio, neurólogo portugués-estadounidense, publicó en 1994 “El error de Descartes”, obra que transformó el debate sobre la relación entre razón y emoción. Estudiando pacientes con lesiones en la corteza prefrontal ventromedial, Damasio encontró algo desconcertante: los pacientes conservaban intactas sus capacidades cognitivas, pero eran incapaces de tomar decisiones razonables en su vida cotidiana. Su razonamiento era impecable; su conducta, caótica.
La hipótesis que formuló —la hipótesis del marcador somático— sostiene que las emociones funcionan como señales de evaluación rápida que orientan la deliberación racional. Sin esas señales emocionales, la razón se convierte en un motor que gira en vacío: puede generar argumentos, pero no puede elegir entre ellos. El error de Descartes del título es el error de haber separado razón y emoción, inaugurando una tradición que durante siglos trató las emociones como ruido que la razón debía silenciar.
Por su parte, el psicólogo social Jonathan Haidt ha argumentado, en obras como La mente de los justos (2012), que los juicios morales se producen de forma rápida e intuitiva —antes de que intervenga el razonamiento consciente—, y que la deliberación racional actúa mayormente después, construyendo justificaciones para aquello que ya hemos sentido. En sus propias palabras, la razón es «el jinete», pero las intuiciones morales son «el elefante»: el jinete puede guiar, pero no puede contradecir al elefante cuando este ha tomado una dirección.
Haidt no concluye que la razón sea inútil. Lo que cambia los juicios morales no es el argumento solitario, sino la experiencia compartida, la práctica en comunidad, la exposición repetida a situaciones que moldean gradualmente nuestros reflejos emocionales.
La resonancia con el sistema de Preston es notable. El primer grado masónico no instruye: habitúa. No ofrece argumentos sobre la virtud; crea condiciones rituales y simbólicas para que el candidato experimente la virtud de un modo que deja huella emocional. El segundo grado complementa al primero con el ejercicio del entendimiento sobre una base emocional ya trabajada. Esta secuencia no es arbitraria: es, en la terminología de Haidt, una tecnología de re-educación de las intuiciones morales mediante experiencia progresiva y simbólicamente densa.
V . LA ALEGORÍA COMO TECNOLOGÍA PEDAGÓGICA
Hay una pregunta que el masón reflexivo intuye, pero raramente verbaliza: ¿por qué la Masonería enseña lo que enseña a través de alegorías y símbolos, y no directamente, como haría una clase de filosofía?
La respuesta de Preston tiene varias capas. La primera es pedagógica: la alegoría hace accesible lo abstracto. Un candidato sin formación filosófica puede recibir en el primer grado una experiencia simbólica sobre la igualdad humana y la práctica de la caridad que le afecta emocionalmente, sin necesitar haber leído la Ética a Nicómaco.
La segunda capa es mnemotécnica: los rituales y los símbolos físicos imprimen en la memoria lo que el discurso abstracto dejaría escapar. Esta observación de Preston anticipa lo que la psicología cognitiva contemporánea ha confirmado: el aprendizaje encarnado, emocional y narrativo es sistemáticamente más duradero que el puramente proposicional.
La tercera capa es hermenéutica: la alegoría invita al retorno y a la relectura. El primer grado no se agota en la primera experiencia; el Maestro Masón que lo revive como participe encuentra en él nuevas dimensiones que la primera iniciación no podía revelarle. El sistema aristotélico de Preston es estructuralmente recursivo: las virtudes del primer grado se comprenden más profundamente a la luz del segundo, y ambas adquieren una dimensión nueva bajo la perspectiva contemplativa del tercero.
«…los objetos que particularmente impresionan la vista comprometerán más inmediatamente la atención e imprimirán en la memoria verdades serias y solemnes.»
William Preston, Syllabus Lectures
VI. EL TALLER COMO LABORATORIO ÉTICO
La investigación de Boys-Stones ilumina algo que los masones han intuido siempre sin poder formularlo con precisión: que hay una razón de fondo, no meramente histórica ni estética, para que la Masonería enseñe lo que enseña de la manera en que lo enseña. Esa razón es filosófica, y su nombre es Aristóteles.
Pero la conexión con los debates morales contemporáneos añade algo que Boys-Stones no desarrolla explícitamente: la validación empírica del programa. Cuando Damásio demuestra que la emoción y la razón son inseparables en la conducta moral, está confirmando la intuición aristotélica que Preston codificó en la secuencia de los tres grados. Cuando Haidt muestra que los juicios morales se forman en la práctica comunitaria mediante experiencias simbólicamente cargadas, está describiendo —sin saberlo— el mecanismo por el que el ritual masónico pretende operar.

en «Fronteiras do Pensamento» en Porto Alegre, Brasil, 2013.
“Cuando Damásio demuestra que la emoción y la razón son inseparables en la conducta moral, está confirmando la intuición aristotélica que Preston codificó en la secuencia de los tres grados.”
Esto no convierte a la Masonería en un laboratorio de neurociencia aplicada. Pero sí sugiere que la intuición de Preston estaba mejor fundada de lo que sus críticos han supuesto. Y que la definición que el candidato recita de memoria no es una fórmula vacía: es, si se comprende en toda su profundidad, una descripción exacta de lo que el ritual intenta hacer con quien lo vive.
«Un peculiar sistema de moral, velado en alegoría e ilustrado por símbolos.» Peculiar, sí: particular, específico, propio. No un sistema de moral como cualquier otro, sino uno que eligió la alegoría y el símbolo como sus instrumentos pedagógicos porque —como Aristóteles sabía y la neurociencia confirma— la virtud no se aprende leyendo sobre ella: se aprende viviéndola.
Referencias
- Boys-Stones, G. (2021). A Peculiar System of Morality: William Preston and the Definition of English Freemasonry. The Prestonian Lectures for 2020 y 2021.
- Damasio, A. (1994). Descartes’ Error: Emotion, Reason, and the Human Brain. Putnam. [Trad. esp.: El error de Descartes. Crítica, 1996.]
- Haidt, J. (2012). The Righteous Mind. Pantheon. [Trad. esp.: La mente de los justos. Deusto, 2019.]
- Aristóteles. Ética a Nicómaco. [Trad. Julio Pallí Bonet. Gredos.]
- MacIntyre, A. (1981). After Virtue. Notre Dame University Press. [Trad. esp.: Tras la virtud. Crítica, 1987.]
- Morandin-Ahuerma, F. (2019). La hipótesis del marcador somático y la neurobiología de las decisiones. Escritos de Psicología, 12, 20-29.
EL GRAN MALLETE, EL EGREGOR Y LA TRANSMISIÓN INICIÁTICA DEL PODER
Reflexiones sobre el relevo de la Gran Logia “COSMOS” de Chihuahua
R⸫ L⸫ I⸫ Sol Invictus No. 100
Carlos Armendariz Gutiérrez
Or⸫ de Chihuahua, Chih.
carlos.armendariz.g@gmail.com
La Masonería ha preservado a lo largo de los siglos un lenguaje simbólico cuya riqueza no puede comprenderse plenamente si se limita únicamente a su dimensión externa o ritual. Cada instrumento, cada gesto y cada palabra pronunciada dentro del templo poseen una profundidad que remite a antiguas tradiciones iniciáticas donde los símbolos eran considerados verdaderos vehículos de conocimiento espiritual. Dentro de ese universo simbólico, el mallete ocupa un lugar central como instrumento de dirección y como representación visible del poder ordenador de la voluntad iluminada por la sabiduría.
Desde su origen en la tradición de los constructores operativos, el mallete fue utilizado como herramienta para modelar la piedra y ajustarla a las proporciones exactas exigidas por la arquitectura. En la masonería especulativa, esta función material fue transformada en una enseñanza moral y espiritual. La piedra bruta representa la naturaleza humana en su estado imperfecto, mientras que la piedra cúbica simboliza el ideal de perfección al que aspira el iniciado mediante el trabajo interior. El mallete, en este contexto, se convierte en la expresión de la voluntad consciente que actúa sobre la materia prima del carácter humano para conducirla hacia la armonía.
Cuando el mallete se encuentra en manos del Venerable Maestro, simboliza la autoridad que dirige y armoniza los trabajos del taller. Sin embargo, cuando ese instrumento es sostenido por el Muy Respetable Gran Maestro dentro del ámbito de la Gran Logia, su significado se amplía hasta abarcar la totalidad de la jurisdicción masónica. EL GRAN MALLETE representa entonces la autoridad soberana que custodia la regularidad de los trabajos y que preserva la continuidad de la tradición iniciática dentro de una comunidad fraternal organizada.

“EL GRAN MALLETE representa entonces la autoridad soberana que custodia la regularidad de los trabajos y que preserva la continuidad de la tradición iniciática dentro de una comunidad fraternal organizada.”
No obstante, la tradición masónica enseña que esta autoridad no debe ser interpretada como un poder personal o como una forma de dominio sobre los demás. El Gran Maestro es únicamente el depositario temporal de una responsabilidad que pertenece en realidad a la institución misma. La autoridad que el Gran Mallete simboliza surge de la voluntad colectiva de las logias que integran la Gran Logia “COSMOS” y encuentra su fundamento en la confianza que la fraternidad deposita en quien ha sido elegido para conducir sus destinos durante un período determinado.
En un plano más profundo, el mallete puede ser interpretado también como un símbolo hermético del poder creador del espíritu. En muchas tradiciones iniciáticas el martillo representa la fuerza capaz de ordenar el caos y de convertir la materia informe en obra armoniosa. Esta idea remite a una concepción universal presente en numerosas corrientes filosóficas y esotéricas según la cual el universo mismo fue organizado mediante una acción ordenadora de la inteligencia divina sobre la materia primordial.
Dentro del simbolismo masónico, esta enseñanza se refleja en la idea de que el Templo que los masones construyen no es únicamente un edificio físico, sino una obra espiritual destinada a elevar la conciencia humana. El mallete simboliza entonces la capacidad de la voluntad disciplinada para colaborar en ese proceso de construcción universal.
Cuando se contempla el relevo de la Gran Maestría de la Gran Logia “COSMOS” del estado de Chihuahua, desde esta perspectiva, el acto de transmisión del mallete adquiere una dimensión iniciática particularmente profunda. No se trata simplemente de la sustitución de una autoridad por otra, sino de la continuidad de una influencia espiritual que sostiene la vida de la Orden. El Muy Respetable Gran Maestro saliente transmite al nuevo Muy Respetable Gran Maestro la responsabilidad de custodiar la tradición y de mantener viva la energía espiritual que anima a la fraternidad.
Este concepto puede comprenderse con mayor claridad si se introduce la noción de egregor. En el lenguaje esotérico, el egregor puede entenderse como la energía espiritual colectiva generada por una comunidad unida por ideales comunes y por prácticas rituales compartidas. En el caso de la Masonería, el egregor de la Orden se alimenta del trabajo ritual, de la fraternidad entre los hermanos y del compromiso moral de los iniciados con los principios universales de libertad, igualdad y fraternidad.
La Gran Logia “COSMOS” del estado de Chihuahua, como centro organizador de la vida masónica dentro de su Gran Jurisdicción, se convierte en uno de los principales custodios de ese egregor.
El Muy Respetable Gran Maestro, al asumir su cargo, se convierte en el guardián simbólico de esa fuerza espiritual colectiva. Su función consiste en preservar la armonía de la institución y en garantizar que la energía moral y espiritual de la fraternidad continúe orientándose hacia los fines elevados de la Orden.
La transición de la Gran Maestría puede interpretarse, por tanto, como un momento de renovación del egregor masónico. La llegada de un nuevo liderazgo introduce nuevas energías y nuevas perspectivas que permiten revitalizar la vida institucional de la Gran Logia “COSMOS”. Al mismo tiempo, la continuidad de los principios fundamentales de la Orden debiera asegurar que esta renovación no implique una ruptura con la tradición.
Este equilibrio entre continuidad y renovación constituye uno de los principios más importantes de toda organización iniciática. La tradición debe preservarse con fidelidad, pero también debe mantenerse viva y dinámica para responder a las necesidades de cada época. El relevo de la Gran Maestría representa precisamente el mecanismo mediante el cual la Masonería logra mantener ese delicado equilibrio.
Desde una perspectiva hermética, el acto de transmisión del GRAN MALLETE puede compararse con la entrega de un cetro simbólico que representa el eje de autoridad dentro de la comunidad iniciática. El cetro, el bastón de mando y el mallete comparten un significado común en muchas tradiciones: representan el principio vertical de autoridad que conecta el orden humano con el orden espiritual.
En la Masonería, este principio se expresa mediante la idea de que la autoridad legítima debe estar siempre subordinada a los principios universales de la verdad y de la justicia. El Gran Maestro no gobierna en nombre de su voluntad personal, sino en nombre de la ley masónica y de los valores que la Orden ha preservado a lo largo de su historia.
El proceso electoral que conduce al relevo de la Gran Maestría adquiere así un significado que trasciende la dimensión administrativa. Esta elección de 2026 constituye un momento de reflexión colectiva en el que los masones examinemos el rumbo de nuestra augusta institución y participemos en la decisión de quién podría y debería asumir la responsabilidad de conducirla durante el siguiente ciclo de su vida institucional.
Este proceso representa también una prueba de madurez para la fraternidad del estado de Chihuahua. La Masonería nos ha enseñado a practicar la tolerancia, el respeto mutuo y la búsqueda serena de la verdad. Durante los procesos electorales, estos valores deben manifestarse con especial claridad. La diversidad de opiniones es natural dentro de una comunidad libre, pero la unidad fraternal debe mantenerse siempre por encima de las diferencias circunstanciales.
La soberanía de la Gran Logia “COSMOS” se fortalece cuando los masones comprendemos que el proceso de elección es una expresión de la voluntad colectiva de la fraternidad.

“Desde una perspectiva hermética, el acto de transmisión del GRAN MALLETE puede compararse con la entrega de un cetro simbólico que representa el eje de autoridad dentro de la comunidad iniciática. ”
El resultado de ese proceso debe ser aceptado con serenidad y con espíritu de disciplina iniciática, pues constituye la manifestación legítima de la decisión tomada por las logias que integran la Gran Jurisdicción.
Comprender el significado esotérico del GRAN MALLETE permite contemplar la transición de la Gran Maestría con una perspectiva más elevada. Cada relevo de autoridad se convierte en una oportunidad para renovar el compromiso de la fraternidad con los ideales de la Orden y para fortalecer la armonía institucional que permite a la Masonería continuar su obra a través del tiempo.
Que el simbolismo del GRAN MALLETE nos inspire a los masones a ejercer la autoridad con humildad, a participar en los procesos institucionales con responsabilidad y a preservar siempre la unidad de la fraternidad. Que esta transmisión de poderes 2026 nos recuerde a los iniciados que la verdadera grandeza de la Masonería no reside en los cargos ni en los honores, sino en la continuidad de la luz espiritual que guía la construcción del templo universal de la humanidad.
Referencias
- Abrines, L. (2007). Diccionario enciclopédico de la masonería. Barcelona: Kier.
- Boucher, J. (2004). El simbolismo masónico. Barcelona: Obelisco.
- Ferré, J. (2010). El libro del aprendiz masón. Barcelona: Robinbook.
- Guénon, R. (2003). Símbolos fundamentales de la ciencia sagrada. Barcelona: Paidós.
- Leadbeater, C. W. (2006). La vida oculta en la masonería. Barcelona: Humanitas.
- MacNulty, W. K. (2007). La masonería: símbolos, secretos y significado. Barcelona: Blume.
Columna de Masones Ilustres
Extracto de la obra: “Listado no extensivo de masones celebres y famosos, mujeres y varones, de España, Portugal y la América de habla hispana y lusófona”
por el V∴H∴ Álvaro Marino Pérez Ontiveros
España, damas

Agustina González López, «la Zapatera»: Nacida en Granada el sábado 04 de abril de 1891, fue escritora, pensadora, pintora y política, murió fusilada a principios de octubre de 1936 cuando recién iniciaba la guerra civil.

Amalia Carvia Bernal: De oficio maestra nació el domingo 12 de mayo de 1861 en Cádiz, fundó en Huelva la Unión Femenina cuyo objeto era la creación de escuelas laicas, con el fin de modernizar la sociedad y liberarla del clericalismo, la ignorancia y la superstición. Perteneció a diferentes Logias masónicas. Falleció el lunes 07 de marzo de 1949 en Valencia.

Amalia Domingo Soler: Nació en Barcelona el martes 10 de noviembre de 1835. Fue, además de espiritista, escritora y activista por los derechos de la mujer. Murió en Barcelona el jueves 29 de abril de 1909.